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Libros (Historia)

1853 / Enciclopedia moderna, Mellado.

Dábase en lo antiguo este nombre a cualquier escrito breve, aunque no fuese más que un catágolo o lista de personas o cosas. La palabra libro en castellano se contrae a un escrito de más extensión y se deriva de liber, nombre que daban los latinos a la segunda corteza de los árboles, de la cual usaban para escribir, formando con ella sus libros.

Puede decirse que los primeros objetos a que se dio el carácter de libros fueron las piedras, sobre las cuales a fuerza de tiempo y con mucho trabajo se grababan las leyes y las inscripciones. Así se escribieron las tablas de la ley, el libro mas antiguo de que se hace mención en la historia. Más adelante llegaron a trazarse los caracteres sobre hojas y cortezas de árboles, y principalmente sobre el papiro, del cual tomó el nombre el papel. Después se escribió en tablitas de madera delgada cubiertas de cera, y también de pieles y pergaminos.

Por mucho tiempo se hicieron los libros, como antes indicamos, con ciertas partes de los vegetales: de estas tuvieron origen los varios nombres que se les dieron, como los de folium, tabula, liber, y de ellas hemos formado también nosotros los de hoja, tablilla y libro.

En el tomo único que se publicó de las Memoria de la Academia de Barcelona, se encuentran noticias preciosas acerca de esta y otras materias; y tenemos una satisfacción particular en trasladar lo que se lee acerca de la que tratamos. “La palabra libro, dice, se deriba de liber en latin y de biblos en griego, nombre específico de todas aquellas sustancias o telillas que se hayan entre la corteza exterior de los árboles y su tronco, de las cuales se sirvieron los antiguos para escribir, llamadas philyras, tilias, libros y corteza. La philira y tilia son una misma cosa, la primera en griego y la segunda en latin, que corresponde en español a tejo, árbol generalmente conocido. De esta membrana se servían los antiguos para formar una especie de papel para sus libros, y de la mísma se hacían cuerdas y maromas por su fibrosidad. Mas adelante se sirvieron también de las que produce el fresno, olmo, álamo y plátano. Este papel se trabajaba juntando algunas telillas que se pegaban con una especie de cola y se apretaban sobre una mesa a manera del papel egipcio. Se asegura que los tártaros calmucos se sirven aún de un papel semejante, y cuyo uso hace muchos siglos se haya desterrado.”

Al extremo de las tiras del pergamino o papiro, que no estaban escritas sino por un lado, se solía poner un cilindro o bastón llamado umbilicus, en derredor del cual se rollaba o envolvía el escrito, como lo denota la palabra biblos en griego y volumen en latín; y al otro extremo estaba ordinariamente el título del libro, llamado frons, el cual se escribió en letras de oro cuando la civilización fué progresando. Además, para que no pudiese leerse su contenido, se le exponia a veces uno o mas sellos, de manera que ya no podía desenrollarse el volumen sin romperlos. Estos libros subsistieron hasta el tiempo de Cicerón.

Los hebreos acostumbraban dar al libro el nombre de la palabra con que comenzaba. Por esto el Génesis se llamaba Bereschit, Vaskra El Éxodo, y así de otros. Tal vez de esta costumbre se deriva la de dar a las bulas de los papas el nombre de las primeras palabras con que comienzan. No obstante lo dicho, algunas veces se colocaba el título de la obra en uno de los extremos del bastón, llamado cornua, y se colocaban los rollos en los armarios de modo que a primera vista pudiese conocerse por el título el contenido de cada uno. También se solían guardar o encerrar estos rollos, llamados por los romanos volumen, en unas cajitas cilíndricas, cerrados con su tapa, las cuales venían a ser una especie de estuches, divididos en varias casillas para colocar separadamente los rollos. A este mueble se le daba el nombre de loculamentum.

Los libros rollados se fueron desterrando a medida que se introdujo el pergamino, sobre el cual se escribía por ambos lados. Entonces ya se introdujo el uso de plegarlo y los libros pasaron a ser cuadrados, como lo son ahora los nuestros, cuya intervención atribuyen algunos a Átalo, rey de Pérgamo. Sin embargo de esto, todavía subsistieron por algún tiempo los libros rollados, por el gusto que conservaron algunos a esta antigua forma. Entonces unos y otros se veían ya ricamente adornados de hermosas cubiertas o estuches, y se conservaban en armarios de cipres u otra madera propia para que no se apolillaran. Para este mismo fin solían rociarlos con esencia de cedro u otra que produjese los mísmos efectos.

En relación con el uso de la escritura y de los libros, se conocían entre los griegos todos los oficios siguientes. Había escribientes, cuya profesión consistía en copiar, a quienes llamaban bibliographi; otros que pintaban las letras, a los cuales les daban el nombre de kalligraphoi, y así mismo había biblipolae, cuyo nombre se daba a los libreros que vendian los libros. Estos entre los griegos no se vendían encuadernados, sino rollados, como hemos dicho antes. En Atenas los libreros tenían tiendas públicas, y en ellas se reunían ordinariamente los literatos para leer los libros nuevos que escribian. Entre los romanos se conocían asimismo los copistas de libros, llamados librarii; los encargados de venderlos, o bibliopolae, y ademas unos esclavos instruidos en el arte de encolarlos o pegarlos, conocidos con el nombre de glutinatores. En tiempo de la república las personas acomodadas tenían en sus casas muchos copistas o secretarios, la mayor parte exclavos o libertos, para copiar los manuscritos nuevos. Pero en tiempo de Augusto los vendedores de libros, bibliopolae, se introdujeron en Roma, y principiaron haberse tiendas de libros, que solían haberse cerca de la entrada de los templos y de los edificios públicos, y en particular en el foro romano. Los libreros fijaban en sus puertas los títulos de las obras que tenían en venta, para que a un golpe de vista pudiese cualquiera enterarse de lo que había en ellas.

Antes de la invención de la imprenta, era muy costosa la adquisición de una obra importante, y se vendía lo mismo que una heredada o casa, por medio de escritura pública y bajo condiciones particulares. Los historiadores citan muchos ejemplos de lo escasos que eran en la edad media los libros, y de lo caros que se vendian en Europa. Sain-Loup, abad de Ferrieres, envió dos de sus monjes a Italia el año de 855, con el solo objeto de sacar una copia del tratado de la Oratoria de Cicerón y de algunos otros libros latinos, de los cuales no poseía sino algunos fragmentos. En el siglo X un ejemplar de la Biblia y otro de las cartas de San Jerónimo eran poseidos en común por ambos monasterios de España, que se servían de ellos simultaneamente. El abate Lebeuf menciona una colección de homilias por las cuales se dieron en bretaña, en el siglo XI, dos mil carneros y tres moyos de grano, que equivalen a noventa y nueve fanegas. La copia de los manuscritos se hacía entonces con tanta pausa y lentitud, que una copia de la Biblia sacada en cinco meses se consideró como un prodigio de velocidad. Habiendo legado un particular en 1406 a una iglesia de Paris un breviario para el uso de sus capellanes y para los sacerdotes pobres, se resolvió, a fin de conservar tan preciosa alhaja y de cumplir al mismo tiempo los deseos del testador, encerrarlo en una caja de hierro. En el siglo XV todavía no se prestaban los libros, sino con muchas garantías y seguridades.

Con el fin de que las obras se conservaran y reprodujeran, se acostumbraba en algunos monasterior que cada novicio copiara antes de profesar el libro que el superior le señalaba, a cuya laudable costumbre somos deudores de muchos libros preciosos de la antigüedad, que sin esta sabia y prudente medida no habrían llegado hasta nosotros. Los monasterios contribuyeron con este y otros medios a la conservación de muchos escritos y documentos preciosos que se salvaron, en medio de la borrasca universal de la edad media, en aquellos asilos de piedad donde se refugiaron y encontraron acogida las ciencias y las letras.

Enciclopedia Moderna. Diccionario Universal de Literatura, Ciencias, Artes, Agricultura, Industria y Comercio, publicada por Francisco de P. Mellado, Establecimiento de Mellado, Madrid-Paris 1853, Tomo 26, Col. 25-28.

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